26 dic. 2014

Consuelo de tontos


"Como el mal es de muchos las palabras del Rey, 
en su discurso Navideño, significan más bien poco"


     Al comienzo de la crisis actual, desde el poder intentaron justificarla con que; "Este es un problema no solo nuestro, si no que afecta a muchos países de nuestro entorno" "Que algunos de éstos países están peor que nosotros" "Que a los gobiernos nos toca hacer recortes, aunque haya que taparse la nariz para no oler lo que se respira en muchos hogares" "Que de no hacerlo así, la amenazante depresión que nos persigue podría eternizarse" etc.
     También se nos intentaba animar con alguna frase esperanzadora como; "Si mantenemos la calma, con voluntad y esfuerzo, mas pronto que tarde saldremos adelante" "Que seamos pacientes, porque la crisis está a punto de ser historia". 
     Entre tanto, he aquí lo que comenta un grupo de jubilados que se conocen de encontrarse en la puerta del colegio cuando llevan o traen a sus nietos de la mano.
     - Siempre ha sido así -dice el de edad mas avanzada- ruinas económicas como ésta solo son de quienes la sufre. Por tanto, moderar el gasto es tarea de quién tenga medios y pueda hacerlo y aún así será difícil recuperar el bienestar que veníamos disfrutando.
      - Ustedes han oído lo que acaba de decir una "señoría" en el Congreso de los diputados? -comenta uno que lleva solo unos meses prejubilado- Que la UE nos exige más recortes y hay que cumplir.
       - Yo no lo he oído -responde otro que casi nunca se queja de nada- porque en mi casa llevamos mucho tiempo sin tele, ya que solo se dan conflictos políticos, casos de corrupción, guerras sangrientas o programas de cotilleo de escaso interés.
        - Es igual, lo diga quién lo diga -responde otro descontento- el caso es que si la salida de la crisis radica en aumentar recortes y no gastar, al final volveremos a los tiempos del candil, el brasero y la alpargata. 
         - Ese parece ser el camino emprendido -se queja quién con solo 50 años se ha quedado sin trabajo- sin mirar que el tiempo pasa y cada vez estamos peor.
         - Esas son las consecuencias de la política antisocial que la mayoría ha elegido -dice un señor con gafas, calvo, con camisa oscura a rayas y pajarita roja que aún no había dicho nada- porque de ser cierto todo lo que se publica acerca de los escándalos de corrupción y estafas que se descubren a diario, el ciudadano honesto y cumplidor se lo pensará dos veces a la hora de depositar su voto en las próximas elecciones.
         Sin embargo, todos ellos reconocían que las familias mas honradas y humildes se impacienten y salgan a la calle a gritar que se les tenga en cuenta, porque existen. Que por mucho que se prometa, gran parte de la sociedad está ya vacunada contra las mentiras y no les cree. Por ejemplo, eso de que "la crisis ya comienza a ser historia" parece una sobredosis de anestesia para que el pueblo no despierte.


       En definitiva, si resulta doloroso ver como se niegan servicios sociales y la gente tiene que acudir a centros solidarios en busca de un plato de comida caliente, no lo es menos saber que a los responsable se les disculpa, incluso aplaude, sin reparar en que a la mayoría de los ciudadanos decentes, sin hacer distinción de ideología ni credo, lo que les produce ese tipo de política es verdadero asco.
       Por tanto, el manido refrán que dice; "Mal de muchos consuelo de tontos", con la que está cayendo, ha perdido su significado.
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20 dic. 2014

Navidad 2014




Mensaje para los amigos de ahora y de siempre que, en éstas fiestas tan familiares, no debe  faltar.

Un abrazo fuerte a todos.

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11 dic. 2014

Madres

"El inmenso caudal de amor de las madres, 
no siempre es valorado por los hijos como merece"





     A todo lo largo y ancho de mi vida he disfrutado del amor y la calidez del instinto maternal que desprende el aliento de cuatro madres de generaciones sucesivas y en linea directa respecto del nexo familiar o de parentesco de todas ellas. Y aunque sea someramente, en la medida que pueda evitar sentimentalismos e inútiles sensiblerías, intentaré evocar lo mucho que significaron desde siempre las cuatro para este humilde mortal, cada una en su papel de; abuela, madre, esposa y hija que también es madre.
      Hoy toca hablar de la primera, de mi abuela María vía materna, a quién mis padres confiaron el que fuese a vivir con ella una vez cumplidos los dos primeros años de mi vida hasta los cinco a seis que era la edad apropiada -se creía entonces- para ir a la escuela. Mi abuela era una mujer de complexión fuerte, metida en carnes pero no excesivamente gruesa, y con una personalidad singular. Quienes la conocía bien comentaba que era una mujer muy activa, con carácter firme y muy generosa a la hora entregarse a los demás. Además era, también, muy ordenada y extraordinariamente aseada; cuidaba mucho su imagen y presumía de ser buena cocinera. Quizás que por ser la de mas edad entre sus hermanas y viuda con hijos, asumió de buen grado el matriarcado que le confiriese el resto de la familia. Con lo cual potenciaba su personalidad y reafirmaba el liderazgo contraído al tiempo que se hacía acreedora del respeto y el afecto de los que de una forma u otra dependían de ella. Pues eran pocas las cosas que se decidían en el ámbito familiar sin su influencia y menos sin consultarle. 
       Mi abuela María, con sus tres hijos solteros (ninguno solterón vocacional) vivían en un barrio obrero que la empresa del ferrocarril había construido en terrenos de la misma estación, para facilitar vivienda a sus empleados. Y mi abuelo, no se si por antigüedad o por ejercer de mando intermedio, fue uno de los primeros beneficiarios de una de esas viviendas. Beneficio, o derecho, que la empresa le respetó a su viuda, ya que uno de mis tíos ocupaba el puesto que quedó vacante al morir mi abuelo. 
       Como ya he señalado, con ellos pasé los primeros años de mi niñez y fui muy feliz. Pero al cumplir los seis años, como los colegios estaban ubicados en el casco urbano, viviendo con mis padres lo tenía mas fácil para escolarizarme. Y así pude aprender a garabatear mis primeras letras sin tener que hacer largos e incómodos desplazamientos. Ahora, cuando ha pasado mucho tiempo, unas veces despierto y otras entre sueños, aun recuerdo como algo cercano aquellos años en que mi abuela María me acunaba sobre sus brazos y me besuqueaba la frente antes de llevarme a la cama. Tal vez lo hiciera siguiendo algún ritual respecto a la educación recibida de sus mayores o porque, al hacerlo, rememoraba sus años de madre que había criado cuatro hijos y sabía que con ello "mi niño" como le encantaba llamarme, dormiría sin congojas ni miedos fantasmagóricos. Mas de una bronca se llevó la sirvienta porque si ésta me cogía para dormirme, siempre me cantaba una nana que decía:
"Duérmete guapo 
que viene El Coco
 y se lleva a los niños 
que duermen poco"

      Y claro, con esa letra, cuando el sueño me vencía me quedaba dormido abrazado a ella por temor a que llegase El Coco y me llevara con él.
         Mi abuela María, como la mayoría de mujeres de aquellas viejas generaciones, no sabía leer ni escribir. Solo tenía la formación que se adquiere ejerciendo "sus labores", cuidando su casa y dando cariño a los suyos. Ella, como no tenía marido, tenía que administrar la economía familiar consistente en el jornal de cada uno de sus tres hijos (no se si cobraba algo por ser viuda de un mutilado de un brazo en accidente laboral) y aunque los ingresos no fuesen muchos, como estaba acostumbrada a echarle imaginación y contar con los dedos, fue capaz de reunir unos ahorrillos para la vejez. La prueba es que mis tíos se independizaron y ella, en su casa,  se mantuvo sin excesivas estrecheces hasta el final de sus días.
         Ahora, desde la distancia en el tiempo, sin el remordimiento de haber sido el peor de sus nietos, sí creo que no supe apreciar las caricias de que fui objeto esos años de mi niñez a su lado, ni corresponder al infinito amor recibido de ella hasta que murió. Sin embargo, de lo que estoy convencido es de que nosotros, los abuelos de ahora y de siempre, celebramos las gracias de nuestros nietos y nos ilusiona verles crecer. Y mi abuela María pudo ser un buen ejemplo.
3 dic. 2014

Adolescentes




"La personalidad del ser humano se conforma 
en la adolescencia o la edad del pavo"







   
En los años treinta y hasta finales de los cincuenta del siglo XX, en las amplias zonas rurales del centro geográfico de nuestro país donde se concentra la población más rústica y muchas veces ignorada, los muy jóvenes y adolescentes de aquella etapa y que aún capeamos los bandazos de la vejez, a poco que forcemos la memoria encontraríamos episodios tan insólitos -por no llamarles otra cosa- que justificarían lo complejo y difícil que nos ha resultado conformar nuestra personalidad. No solo por la huellas que en muchos de nosotros dejaran los horrorosos efectos de la guerra civil (1936-1939) que también, si no porque las carencias de la post-guerra fueron tantas, que aquello no parecía terminarse nunca.

     Entre tanta pobreza y miseria, conforme fuimos creciendo, nos íbamos despegando de aquél retraso integral al que nos condenaba tanto infortunio, con el deseo de avanzar e intentar llegar lo antes posible a alguna parte. Nuestros mayores, para que no perdiésemos la esperanza, nos intentaban consolar con ese refrán popular que dice; "No hay mal que cien años dure". Pero la inquietud propia de la juventud,  a los que íbamos cumpliendo la mayoría de edad y haber tenido que salvar tantos imponderables, nos sirvió de lanzadera para huir hacia adelante libres de ataduras y sin sentimiento de inferioridad. Algunos, entre los que no me importa incluirme, nos aventuramos a salir hacia lo desconocido sin el pleno convencimiento de que obrábamos bien. Y eso fue así debido a que la falta de formación nos limitaba la capacidad de decisión de cara a orientar nuestra vida hacia un futuro mejor que el que nos ofrecería nuestro propio lugar de origen. Pues la lejanía de un horizonte mínimamente halagüeño era tal, que nos lo mostraba cada vez más distante y casi imperceptible. Y ese recelo nos mantuvo inertes e inmovilizados dentro del ámbito familiar y doméstico en que cada cual teníamos nuestro techo mas o menos asegurado.

     Es justo recalcar, insistir que en aquél tiempo hubo gente que por diversos motivos emigraron a otros pueblos, igual dentro que fuera de nuestras fronteras, dando lugar a que se deshabitaran amplias zonas rurales en perjuicio de las poblaciones mas pequeñas. Familias que vivían de lo que producían unas pequeñas parcelas de terreno cultivadas por ellos mismos. De ahí que los jóvenes intentaran dirigir sus pasos hacia núcleos urbanos, lugares industrializados y mucho más prósperos, que tuviesen algo digno que ofrecerles. Gentes que con el tiempo se adaptaron a las costumbres del lugar de destino y no volvían a su tierra de origen salvo en épocas de vacaciones.

     No obstante y a pesar de el fenómeno de la emigración, hay que felicitarse de ver que a esa otra gente del agro español, que se resistieran a abandonar el campo y al amparo de la previsible mecanización de los trabajos agrícolas y por supuesto la ganadería, los excelentes medios de transporte para mercancías, así como la facilidad para comercializar los productos autóctonos.  Todo ello junto a la confianza de ver elevados los niveles de producción igual en cantidad que en calidad, hizo que su esfuerzo fuese suficientemente rentable y a la vez reconocido. La mejor formación del agricultor significó que el mundo rural sea actualmente tan respetado como cualquier otro.

       Igualmente hay que reconocer que muchos de nosotros, quién nos aventuramos a correr el riesgo de equivocarnos, aun no hayamos encontrado ni un solo motivo para arrepentirnos de hacerlo como lo hicimos. Sin que la decisión tomada haya significado que nos olvidáramos de donde venimos.

      Pues recordar lo mejor de nuestra infancia y adolescencia, por dura que fuese, representa mantener vivos nuestros principios desde lo más elemental. Y hacerlo desde la distancia (un montón de leguas) y habiendo pasado tantos años, solo puede explicarse desde el corazón mismo. El afecto hacia lo que, sentimentalmente, nos es propio no caduca nunca.





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