25 abr. 2010

Mi sillón es un gimnasio.

En mi empeño de ejercitar la memoria (por si así puedo evitar perderla) voy recordando, desde lo que ocurriese ayer mismo hasta lo mas lejano que veo, mirando por el retrovisor de mi propia existencia. Estos días que tanto se habla de libros, de escritores, de estilos, de literatura en general, me ha dado por recordar cómo fueron mis inicios de leyente en tiempos en que las gentes del campo, la del mundo rural en que me crié y crecí, donde la inmensa mayoría de adultos firmaban los "papeles" (cualquier documento) con la yema del dedo pulgar ¡por no saber ni escribir su nombre!. No pasaba como ahora, que la educación -por ley- es universal y obligatoria y todo el mundo tiene derecho a recibirla.
Recuerdo que, tras conocer las letras del abecedario y poco más, en un tipo de cartilla escolar de encuadernación rústica y de muy escasas páginas, mi primer libro de "lectura para principiantes" fué el Catón, libro que repasaba cada dos por tres para no perder ritmo en la clase de gramática, cuando tocaba leer. Después, mi afición por la lectura me llevó a leerme colecciones infantiles como "Gulliver en el pais de los enanos", "historietas del TBO y otros . Y como desde muy jóven tuve que dejar el "cole" e ir a trabajar al campo, en la quintería y en invierno que las noches son largas, al calor de la lumbre y con la luz del candil, hasta coger el sueño, leía pequeñas novelas del oeste americano (creo que la colección se llamaba "Rodeo") y siempre contaba con algunos títulos en la reserva, por que cuando tenía unas cuantas leídas, abonando unos "centimillos", me las cambiaban por otras, también usadas.
Sí, ya se que podía haber invertido todo ese tiempo en leer otra cosa de más provecho, es verdad, pero me faltaban tantas cosas que no lo hice aunque me haya arrepiento mil veces de no hacerlo.
Aun así, con tan escasos como someros principios, algunas veces tarde (lo reconozco) haciendo de tripas corazón y con mi mejor voluntad, a la hora de tener que superarme a mí mismo, he ido logrando laboral y socialmente el generoso y dudo que merecido reconocimiento de mucha gente para la que he trabajado. He procurado aleccionarme a mí mismo, con la práctica en el trabajo diario, convencido de que era la mejor manera de poder vencer mis propias carencias y cumplir mis modestos e ilusionantes propósitos.
Ahora que ya soy viejo, como no puedo hablar de lo que he aprendido leyendo, ni se decir lo que me convendría leer, me consuelo recordando lo vivido, lo experimentado, y sobre todo recordar lo bueno para "dormir" tranquilo.
Y como este año no he regalado, ni recibido, libro alguno, envío felicidades a los autores y lectores de libros en el Día de Sant Jordi.
De la rosa hablaré otro día. Adios.
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18 abr. 2010

Ayer, sin ir más lejos.

Cuando salgo de casa y voy caminando por la acera de cualquier calle (ayer sin ir más lejos) y veo a personas, muchas de ellas aun jóvenes, arrodilladas y en silencio, con la cabeza gacha y la mirada dirigida hacia ninguna parte, con un cartón escrito donde puede leerse un enternecedor mensaje sobre su desesperada situación y lo que esperan de nosotros, los viandantes, sosteniendo en una mano un vaso de papel e implorando que la gente se apiade de ellas y deposite en él lo que sea su voluntad. A veces, me detengo ante ellas y les echo una moneda consciente -pobre de mí- de que con tan poca cosa poco o nada puedo hacer por esa persona, aun así me da las gracias y hasta hay quién me regala una sonrisa.
Sin embargo, y no me atrevo a decir por qué, no lo se, llevo un poco tiempo que siento curiosidad más que por saber quienes son esas personas y conocer los motivos que les haya llevado a esa situación, lo que me intriga es en qué pensarán si la capacidad de pensar no se les ha agotado, todavia, estas gentes menesterosas, tan desafortunadas, forzadas a sobrevivir de la caridad y a las que el futuro se les niega absolutamente, mientras observan que los demás vamos de un lado para otro, casi todos con prisa, amparados en lo que podríamos llamar "actividad ordinaria". para quedar bién. También deben ver o leer, y esto es lo peor, el derroche o despilfarro que parte de la sociedad ejerce descarada y desconsideradamente.
No quiero imaginar que esas personas jóvenes, mendigos, a los que me refiero, seguro que muchos de ellos con envidiable formación, consideren agotada toda posibilidad de adquirir un dia u otro el mínimo compromiso laboral y social que les permita obtener recursos económicos y compartir algo (no digo todo) de lo bueno que vaya poniendo a nuestra disposición la vida moderna. ¡Qué menos!
Pero bueno, como vemos que la abundancia excesiva no conlleva la felicidad completa, mantengamos la esperanza de que se modere el consumísmo despiadado y se nos inculque el valor de la solidaridad, por encima de todo, para que las cifras de indigentes sea cada día menor.
Hasta luego y buena suerte.
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